Las vacas-brújula, o lo que no sabemos

15 feb 2012 | Enlace permanente |

Durante millones de años nuestros antepasados vivieron de la caza y la recolección. Para incontables generaciones la vida era estar pendiente de los movimientos de los animales, de sus manías, de sus costumbres, y de cómo aprovecharlas. Para explotar a fondo sus capacidades seguían a los rebaños en sus migraciones y cambiaban constantemente de lugar, orientándose en sus desplazamientos con misteriosos signos y señales. Luego aprendieron a criar ganado, en lugar de perseguir animales salvajes, modificándolos hasta físicamente para adaptarlos a sus necesidades, cuidándolos en el campo, acarreándolos de acá para allá en busca de pastos o mercados. Y sin perder nunca la pasión por la caza, deporte de nobles y reyes que aún hoy concentra el interés de los ricos y poderosos. Tenemos figuras mitológicas alrededor de nuestra relación con los animales: el Pastor, el Cazador, el Cowboy, el Indio de las Praderas, el Masai. Hasta hace muy poco tiempo, apenas al principio del siglo XX, nuestras ciudades estaban repletas de ganado. Y sin embargo, increíblemente, casi incomprensiblemente, durante todo este tiempo y todos esos millones de personas hasta 2008 nadie se había dado cuenta de que los rumiantes, cuando comen, orientan sus cuerpos geográficamente, concretamente de norte a sur. Las vacas son brújulas.

Vacas

Según esta publicación en el PNAS, una seria revista científica, lo hacen. Un grupo de científicos alemanes y checos se puso a mirar fotografías de satélite en Google Earth, a contemplar rebaños en estado natural y a medir la orientación de las marcas que dejan los ciervos en la nieve al comer. Y su conclusión no por sorprenderte fue menos espectacular: el ganado doméstico (vacas) y dos especies diferentes de ciervos cuando comen colocan sus cuerpos en una orientación norte-sur, con la cabeza hacia el norte. El análisis es apabullante en cifras, y tan detallado que incluso permitió a los investigadores determinar el probable mecanismo que permite a los bóvidos y cérvidos esta proeza: el campo magnético terrestre. En efecto, en lugares con fuerte declinación (desviación entre el norte magnético y el geográfico), las cabezas se orientan preferentemente hacia el magnético. De alguna manera los animales ‘sienten’ el campo magnético y lo usan para alinearse mayoritariamente. Un descubrimiento sorprendente y contraintuitivo, pero tampoco revolucionario, ya que conocemos muchos animales con cierta sensibilidad geomagnética, y muchos artiodáctilos son migratorios; es probable que tengan mecanismos de orientación.

Pero entonces, ¿cómo es posible que antes de estos investigadores nadie se diese cuenta? ¿Cómo de los muchos millones de especialistas prácticos en el comportamiento animal ninguno cayó en la cuenta? Es una cuestión importante, porque la observación podría incluso servir para orientarse en ausencia de brújula. Y según los datos de los investigadores el efecto es bastante patente; lo suficiente como para que numerosos test estadísticos diferentes descartaran el azar. Si algo tan aparentemente visible, obvio e importante como esto ha pasado desapercibido para la especie humana durante tanto tiempo, ¿qué otros misterios se esconden a simple vista?

Los científicos profesionales son muy conscientes de una sutileza de la ciencia: los resultados que obtienes dependen de tus datos. En concreto de la definición de qué es un dato, y qué no. La ciencia investiga a partir de un dato, que es un hecho o medida relevante cuya evolución se analiza y explica. Pero al definir cuáles hechos son relevantes, y por tanto datos, y cuáles no se precondiciona lo que vemos y lo que dejamos de ver. Todos los cazadores y pastores de la historia descartaron la observación de que los rumiantes se orientan norte-sur porque sus cerebros no consideraban la postura de los animales cuando comen como un dato, sino como ruido; algo aleatorio, carente de sentido, producto del azar. Nadie pensó en estudiar la orientación porque la orientación no era un dato.  Nadie registró esas observaciones, y por tanto nadie pudo asociarlas para comprender su significado. Un hecho que podría haber sido importante quedó así oculto a plena vista.

La neurobiología está descubriendo que el cerebro no es la objetiva máquina de recoger hechos externos que tendemos a pensar que es. Tiene sesgos, defectos, errores en el proceso de recogida de información producto de su arquitectura, de su modo de funcionamiento o de su historia evolutiva (o incluso personal). El mundo que percibimos es una reconstrucción, realizada por el propio cerebro, a partir de información incompleta y sesgada. Cuando aplicamos raciocinio lo estamos haciendo sobre un modelo que guarda un relativo parecido con la realidad. Cuando buscamos respuestas primero tenemos que crear las preguntas y el modo de resolverlas, operando siempre sobre esa parcial y fallida reconstrucción del universo. Cuando definimos una variable como ‘dato’, lo hacemos a partir de toda esta cadena de simulaciones, errores y despropósitos. Lo cual nos puede llevar a la ceguera frente a cosas obvias que están delante de nosotros. ¿Cuántos más hechos como éste estaremos dejando de ver, porque nadie se ha hecho la pregunta correcta? ¿Cuántos descubrimientos nos quedan por hacer, no en las profundidades del átomo o en la lejanía del espacio, sino delante de nuestras propias narices? ¿Cuánto es lo que no sabemos?

Extraído de: http://blog.rtve.es/retiario/2012/02/las-vacas-br%25C3%25BAjula-o-lo-que-no-sabemos.html

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