Un mapa para los pueblos donde ya no vive nadie

Rubén Madrid

Un libro ahonda en las causas del abandono de más de medio millar de pueblos y aldeas. Motivos sociales y económicos se mezclan con leyendas para explicar la despoblación

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Fotografías: El Día / cedidas por José Antonio Ranz Yubero

Villacabras, Torrubia, Valdelaguna, Santa Catalina, Ratilla, Morenglos, Fraguas o Las Cabezadas son nombres que ya no aparecen en los mapas. Sucede así porque ya no vive nadie. En la provincia hay 530 poblados que, como estos, se han convertido en mera toponimia, puntos situados en un plano de los que en muchos casos apenas queda ni su rastro. Un libro se ha acordado de todos ellos, recupera su  memoria y ahonda en las causas de la desaparición.
¿Por qué se quedaron vacíos? A veces, sus pobladores se marcharon para sumar fuerzas en un sólo punto en tiempos de guerra; otros murieron envenenados en banquetes multitudinarios; en ocasiones hicieron las maletas para evitar el hambre, una plaga o las dificultades de un invierno duro tras otro. Pero también los hubo que se marcharon atemorizados por una invasión de vívoras o porque el pueblo fue engullido por las aguas de un pantano.

Muchos de estos pueblos y aldeas figuran en ‘Despoblados de la provincia de Guadalajara’, un libro editado por Caja de Guadalajara. Sus autores, José Antonio Ranz Yubero, José Ramón López de los Mozos y María Jesús Remartínez son expertos en etimología, etnografía e historia: han buceado en los archivos en busca de información y han rescatado de los legajos los nombres que dejaron de figurar en las estadísticas y los mapas de carreteras. Y, durante años, los han visitado directamente, para contemplar los muros derruidos o simplemente escuchar hablar de ellos a los paisanos que recuerdan aquellos lugares ubicados donde ahora “sólo hay campos de girasoles”, como recuerda Ranz Yubero.
No hay una razón, sino muchas, para esta despoblación humana. El más reciente éxodo rural, que castigó especialmente a la provincia y la dividió en dos –la pujante e industrial, frente a la rural, apeada del tren de las modernidades– llevó al abandono de muchos pueblos en la Sierra Norte y el Señorío de Molina. Todavía hoy padecen un goteo incesante. Otros, como el Real Sitio de la Isabela, ligaron su trágico destino al de los pantanos que se construyeron durante el franquismo; todavía más fueron vendidos al Icona para labores de reforestación.
Sin embargo, la mayoría de los más de 530 pueblos que recoge el libro –superan en número a los núcleos poblados actualmente, que son 484– tienen el origen de su abandono mucho antes, por lo que sus causas tienen esta vez muy poco que ver con la industrialización. “En la mayoría de los casos es muy difícil conocer la causa exacta de la despoblación”, ya que casi nunca hay una única, sino “un conjunto de ellas”, escriben Ranz, López de los Mozos y Remartínez. Los pueblos que históricamente más han sufrido han sido los que tenían dificultades de comunicación, al quedarse más alejados de los principales pueblos que actuaban como centros neurálgicos –para el comercio, sobre todo– de una comarca. Precisamente en estos pueblos la presencia de cualquier otro factor desestabilizador acababa por dar el golpe de gracia a su maltrecho censo. Lo fueron las enfermedades que se contagiaban en las aldeas o la presión de la Inquisición sobre algunas familias en las villas mayores.
Razones socioeconómicas
También la Mesta, los periodos de sequía, los ciclos de cosechas bajas y una política fiscal agresiva que apretaba las tuercas a las clases más bajas –los estamentos privilegiados estaban libres de impuestos– llevaron a muchos a tener que emigrar a otros lugares más prósperos. Lo sufrieron los campesinos ante las numerosas crisis del trigo a mediados del siglo XVII: “Hicieron que muchos pueblos, que poseían como fuente de riqueza este cereal, se vieran obligados a buscar otros asentamientos y otras formas de vida”. La crisis generalizada del siglo XIV se dejó sentir especialmente en el sur de la provincia, con el abandono de pueblos en las comunes de Zorita y Almoguera en un “proceso lento pero irremediable, ya que los moradores se resistían a abandonar del todo los lugares donde tenían sus raíces y sus bienes”.
A otros, como los moriscos, los echaron a principios del siglo XVII, como ocurrió en Pastrana, cuya población afortunadamente estaba más nutrida por otros colectivos. Las poblaciones quedaban mermadas en el Medievo, pero sufrían todavía más en periodos de lluvias torrenciales seguidos de epidemias que brotaban en las charcas caldosas que se formaban en verano. Los efectos, tanto en las ciudades como en los pueblos, los sufría la población rural. En el campo impedían a muchos labradores, víctimas de las epidemias, llevar a cabo las faenas agrícolas, lo que provocaba desabastecimiento. En Conchuela de Zorita y Portiella, sus habitantes fueron el reemplazo de la mano de obra que acabó con la vida de muchos pobladores de la ciudad, castigada por una virulenta peste. Caso similar ocurrió con Alcolea de Torote, tras un brote de cólera.
Entre las penurias causadas por la naturaleza no sólo estaban las de los pueblos serranos en invierno. También en verano había otros que, como Villanueva en Algora, se habían levantado junto a arroyos o lagunas con gran cantidad de agua en invierno, pero que en verano se secaban y convertían en “lugares malsanos”. Al contrario de lo que se sospecharía, hay más pueblos abandonados en las llanuras que en la montaña, “pues aquí hay más precipitaciones, el clima es menos árido y abundan las fuentes y los manantiales”.

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Fotografías: El Día / cedidas por José Antonio Ranz Yubero

Unidos contra el enemigo
Las guerras inventan “leyendas fantásticas” que perviven en la memoria colectiva de una comarca. Aunque la guerra por sí misma no provoca la total despoblación –aunque pueda mermarla–, sí resulta un factor implacable “en aquellos escenarios de guerras continuadas o lugares de frontera”, como lo fueron Sacedoncillo, Medianejo, Herreruela, Bronchalejos, Migalvo y Franzuela.
Otro de los casos más llamativos lleva los pasos a Valverde. Allí, sólo una aldea, Zarzuela de Galve, sobrevive. Brezas del Raso, Majadas Viejas, Picazo, Robledo, Robredo, La Umbría de Pedehuste, Casas Quemadas y La Mata son ruinas, después de que en tiempos de guerra sus vecinos se agrupasen en Valverde “para defenderse de los enemigos”. Juntos hicieron fuerza, pero a costa de abandonar todas las demás aldeas. El fenómeno se repite también en Almoguera, donde la guerra condenó a la desmemoria a Anos, Arandóñiga, Cabanillas, Las Colonias, Conchuela, Fuenlespino, Fuenvellada, San Agustín, Santa Cruz, Santiago Vilillas y Valdolmeña.

El desfile de maletas de hace 50 años
El libro no profundiza en la despoblación de los años cincuenta y sesenta, el llamado éxodo rural. Se trata de la migración masiva más reciente y la que ha dejado abandonados o mermados demográficamente a muchos de los pueblos de la provincia. Se estima que en todo el país hasta cuatro millones y medio de personas pasaron del pueblo a la ciudad, atraídos por la industria, en  un desfile de maletas que nutrió en la provincia localidades como Azuqueca y dejó sin habitantes otras que no están en el libro porque ‘oficialmente’ no son despoblados.

La bruja envenenó a todos los invitados a un banquete de boda
Los autores han constatado la presencia de una curiosa teoría en al menos doce casos distintos que explicaría la desaparición de habitantes en algunos pueblos, en tiempos remotos: “La teoría del envenenamiento masivo señala que vecinos de un lugar habían comido en una boda guisos cocinados con agua envenenada al caer, o echar a propósito, salamanqueseas u otros bichos ponzoñosos”. Todos los habitantes del pueblo, asistentes al banquete, morían. Pero a veces había un superviviente, alguien a quien no se había invitado, normalmente porquerizos o mujeres con fama de brujas. Cuentan los autores del libro que esa bruja o ese cuidador de cerdos, único superviviente tras el envenenamiento, era el encargado de decidir a qué municipio pasaba  formar parte el pueblo vacío. La cuestión no era un mero trámite. Más que los edificios y las plazas, por los que ya no pasearía nadie nunca más, lo que estaba en juego era saber en qué lindes quedaban repartidos ahora los campos de labranzas. El relato se repite en los despoblados Alberruche, Bretes, Canyado, El Guijón, El Ejio, Llanillo, Navazuela, San Lorenzo, San Regalta, Valdesanmartín y Villar del Gato. Teoría o leyenda, lo cierto es que la explicación está extendida en todos estos lugares

Extraído de: El día digital, periódico de Castilla – La Mancha

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